Acintlalli Vázquez – Ampliación El Triunfo

Quién: Acintlalli Vázquez

Dónde vive: Pedregal de Carrasco

Qué nos cuenta:

Me tocó en Ampliación El Triunfo, Iztapalapa, entre metro Ermita y Aculco. Estaba con mi madre y su amiga Ana quienes mensualmente nos dirigimos a una estética a cortarnos el pelo. Ellas les habían retocado la cabeza con tinte y a mi me estaban cortando el pelo. Gaby, la que nos atendía y dueña de su local, nos estaba hablando sobre las supuestas predicciones del sismo, cuando de repente su asistente o alguien dijo que estaba temblando.

No lo creía, ¿seria demasiada coincidencia?. Mire a Gaby a través del espejo, apenas me había dado dos o tres tijeretazos cuando miré hacia el suelo. Vi una ola que se replegaba en mis pies, la alarma empezó a sonar. En automático me paré, y mi madre instantáneamente agarró su bolsa, yo sentía que la eternidad se alargaba mientras mi cerebro conectaba con mi cuerpo desesperadamente para tomar mis pertenencias y guardar la calma. Salimos a la calle y varias personas ya habían salido, una que otra corriendo. Gaby y su asistente se movieron hacia la derecha; Ana se acerco a su coche en el que llegamos y juntito a ella mi madre. No me atreví a ver su cara.

En frente, había una unidad habitacional. Instantáneamente rogué para que no se desplomara. Entonces, recordé que habíamos dejado a mi abuelita en el departamento, en Pedregal de Carrasco. Ahí me asusté de verdad. Me volví consciente de que era un terremoto fuerte, que alguien había dicho que este terremoto seria igual o mayor que el del 85. Agarré a mi madre que estaba recitando un mantra y me uní a ella tomándola de las manos y pronunciando “ad gurem name, jugad, gure name…” o como me se me daba la pronunciación en esa lengua tan extraña de los yoguis.

“Que todos estén a salvo, que nadie muera, si muere alguien que sea sin dolor. Virgencita, ayuda a los desamparados y a los que lo estarán. Cuida a mi abuelita, cuida a mi madre, cuida a mi padre, a mi tío y hasta quien chingados se me está olvidando. Si quieres hasta los que me me caen mal con tal de que no sufran”. Alcancé a ver en la calle, a un grupo de gente en circulo, abrazándose; un coche estacionado a la mitad de la calle cuyo dueño se salió a reunirse con su copiloto en abrazo. Ana nos miraba como loquitas mientras seguíamos rezando.

Una joven se acercó histérica, por su hijo, por su esposo… ya no me acuerdo. Ana la abrazó. Mi madre se acercó y la consoló. Yo solo pude decirle: ya va a terminar, esta pasando, solo es una onda, está disminuyendo. ¡Lo bueno que hicieron simulacro antes!

Y sí, el sismo disminuía. La chica se fue corriendo por su hijo. Miré mi reflejo en el auto de Ana, en el que llegamos y tenía una sensación de reirme histéricamente. Porque estaba viva y porque nadie alrededor había salido herido. Sentí cómo nos movíamos lateralmente e inmediatamente todos sacaron su celular para llamar. Alguien gritó que las lineas habían caído y que era inútil comunicarse. Aún así lo intentamos.

Vi la cara aterrorizada de Ana, quien hablaba de su hijo que vive en Tlatelolco, por su hija que trabaja en Polanco y su marido que trabaja en Reforma. Mi datos solo se conectaron un segundo para preguntar en el grupo familiar Whats si estaban bien. Mi celular no marcaba ninguna llamada, y todos los que conseguían comunicarse corrían. Los que salimos del local nos mirábamos con angustia disimulada, para no alterar al otro. Aún no había reaccionado o procesado lo sucedido para cuando medio me cortaron el pelo y procesábamos lo que había sucedido.

Afortunadamente el teléfono de Gaby funcionaba y pudo comunicarse con su hermana en el norte de la ciudad. Luego mi madre pidió una llamada, logró comunicarse con mi abuela y mi tío. Sentí culpa por dejarla sola mientras mi madre la consolaba. “Ya vamos para allá, siéntate, toma tu chíngere y ponte a jugar tu solitario en tu celular.” Cuando colgó, me dijo que estaba bien y que mi tío logró comunicarse con ella, que él iría con ella. También me dijo que su lugar de trabajo se colapsó, en el Edificio de Coneval, en frente de Televisa San Angel. El asistente de Gaby se asusto y sacaba entonces su segundo cigarro, mientras Gaby lo ponía al corriente, daban detalles de sus familias que en este momento no logro recordar.

Ana no lograba comunicarse, ni por su celular, ni por el teléfono. Gaby junto con su asistente solo pudieron quitar el tinte embarrado en los pelos asustados de mi ma y Ana. Gaby, aún sin comunicarse con sus otros familiares, se sentó mientras su asistente le lavaba el pelo a Ana y se arregló las cejas. Mi madre sintió pena por pedirle que le arreglaran las suyas. A mi me temblaban las manos y me aferraba a cualquier señal de conexión mientras encontraba cualquier excusa para consolar y animar a quien se dejara. Dije y pensaba en pendejadas como “ahora sí, look todo terreno, 4×4, kit de belleza para desastres naturales”. Al menos logré hacer reír a mi mamá. Miraba la calle donde estaba el local de doble sentido, pasaba cada coche, cada familia.

Pagamos por el servicio y nos despedimos de abrazo. Tuve una corazonada de que todo estaría bien. La travesía de regreso a casa duro tres horas, en la cual logramos comunicarnos con la familia de Ana. No fue sino hasta que llegamos a la casa, cuando nos dimos cuenta la razón de la tardanza. El recorrido, de y ida y regreso, incluye algunos lugares de rescate. Aún recuerdo cuando pasamos a medio día por Tasqueña y Tlalpan, cuando por reojo veía el letrero de Superama por en uno de los viajes de regreso pasados. Recordé que a principios de mes recorrí varias veces Avenida Acoxpa, cerca de la escuela Enrique Rébsamen. Hacía dos o tres meses contemplaba un edificio en Álvaro Obregón, mientras esperaba una conferencia.

Tiempo y espacio, fue lo que pensé. Lugares ignorados que se vuelven, desafortunadamente, en lugares importantes. ¿Porqué pasó esto y en estas fechas y dos horas después del simulacro? ¿Lo invocamos o lo presentíamos? Quizá quisimos enterrar el 85 en el pasado o lo invocamos. Quizá esta sea un recordatorio nacional para que nos aseguremos que ningún edificio debería desplomarse; que hay que sobreponernos a la muerte, indiferencia, engaños y abusos para el progreso de nuestro país; que aunque la vida y la muerte son inseparables , lo que permanece es el amor y el ahora con tus cercanos; que perdemos demasiado tiempo involucrando nuestra mente en nimiedades materiales ante la verdadera importancia de la vida… quién sabe.

Sólo sé que fui de los afortunados que se sienta en su casa cómodamente a escribir esto y que debo hacer algo para tranquilizarme y tranquilizar a los demás… aunque tal vez no tenga éxito o sea tan útil como sacar piedras o devolverle a alguien su casa.

¿Dónde estaba?