Yvon Carrillo Ascencio – Roma Norte

Quién: Yvon Carrillo Ascencio

Dónde vive: Roma Norte – Portales

Qué nos cuenta:
Acababa de llegar a la oficina. A veces llego un poco tarde, como quince minutos después de mi hora de entrada; pero esta vez, me había esforzado por llegar puntual: 5 para la 1. Apenas estaba revisando un documento e intercambiando opiniones con una compañera y amiga. Estaba parada a eso de la 1:15 y sentí el típico brinco de cuando pasan camiones muy pesados. Un día antes había sentido algo parecido cuando entrevistaba a una funcionaria de Unicef, momento en el que hacían un simulacro y ella creía que en realidad estaba temblando por cómo retumbaban los pasos de la gente. Por eso, mi primera impresión por segundos fue esa «hay mucho movimiento por aquí, son pasos, camiones» pero mis compañeras se pararon de un brinco preguntando si estaba temblando. No oímos más alarma sísmica que el grito del portero. Como pude, cogí mi teléfono y casi cayéndome llegue al borde de la escalera hacia la planta baja y vi mecerse el candelabro encima. Dudaba y pregunté si bajar o replegarnos a una zona más frágil, pero tenía tras de mí a otras compañeras muy exaltadas diciendo que estaba muy cabrón, que sí bajara, que teníamos que salir.
En fracción de segundos estábamos saliendo a la calle, donde oímos vidrios romperse y ya un mundo de gente se había concentrado en el camellón de av. Durango. Mi amiga y jefe me preguntaban si me encontraba bien al verme doblada y respirando profundo, y es que sólo sentía la necesidad de un trago de agua, porque en estos sustos se me seca horriblemente la boca y garganta, por lo demás, me sentía clara y dispuesta a contener para que nadie entrara en (más) pánico. Una de mis compañeras estaba a punto de hiperventilar, así que tomé su mano y le dije que respirara profundo, mientras le decía (y me decía a mi misma, que era inútil llamar por teléfono para saber de nuestras hijas, que mejor usáramos el whats y esperar que una sola persona de los grupos de papás se comunicara y nos avisara a los demás).
El olor a gas era muy fuerte y con temor, pero con prisa le dije a mi amiga que tenía a lado, que subiéramos por unos pañuelos mojados para podernos ir de ahí. De parte de la escuela y a través de una mamá que ya estaba allí, mandaron decir «vengan ya por sus hijos», con encabronamiento respondí que tenían que ayudarnos a tranquilizarlos y que estábamos tratando de llegar en medio de una ciudad que ya se veía colapsada en el tráfico. No tenía miedo, estaba impactada de ver las ventanas de cristal caídas y regadas por la banqueta del edificio de a lado, impactada por el olor a gas, impactada de que hubiera sido tan fuerte para provocar esos efectos. Pero sí sentía miedo y cierto apuro de que mi hija estuviera angustiada. Caminamos mi amiga y yo por donde pudimos. Por un momento era como un laberinto que sólo nuestro olfato sería capaz de resolver: encontrar la salida hacia Insurgentes por donde aminorara el olor a gas. Vimos en Durango y regresando por Av. Chapultepec a todos los pacientes de los hospitales y clínicas, a los que habían bajado en sillas de ruedas; alguna muchacha tendida en el suelo despertando del desmayo mientras la atendían.Caminábamos como zombies, despertando de un sueño a una realidad de pesadilla, en cuestión de minutos.
La gente ya estaba trabajando, no sólo Protección Civil, eran vecinos con altavoces advirtiendo por dónde no caminar, pidiendo que nadie encendiera cigarros o ningún tipo de fuego. Esa presencia y caminar a lado de una amiga que —aunque sea por momentos muy conflictiva, es querida— me hacía sentir fuerzas, sacar buena resistencia muscular para caminar rápido y por largas distancias inciertas. No obstante, en cada una de las calles, encontrábamos algo que nos partía el corazón: Tabasco, Tonalá, Jalapa; sobre todo ya cuando llegamos a la esquina con Viaducto y vimos un edificio colapsado, acordonado, entonces sentí la profunda tristeza y se recrearon en mi cabeza cientos de historias humanas tras esas ventanas rotas, escombros sobre los colchones que se veían desde ahí. La víscera retorciéndose, mi amiga pensando lo peor, no había podido localizar a su hija, yo también pensando lo peor en su departamento en séptimo piso de la Colonia Doctores. Sobre Viaducto vimos a un joven en silla de ruedas, rodeado de vecinos. Aún le temblaban las manos, lloraba. Tenía ganas de abrazarlo, pero me tranquilicé de que no estaba solo. Y únicamente lo miré y con un gesto le decía: «lo siento» y yo me decía para mis adentros: «lo siento, lo siento mucho, pero mis piernas no pueden parar. Estoy de paso, como todos. Estamos de paso, y mientras pasamos por aquí, por la Tierra, mi hija me espera, lo siento». Esos sentimientos encontrados, de querer estar en todos lados, así como se cuartea el suelo, los inmuebles, también nuestro corazón sale volando en mil pedazos, buscando asirse de las personas a las que más amamos, asirse del que está sufriendo, del que está atrapado, del que perdió la vida para que no se vaya, del que camina a nuestro lado. De estar juntos y acompañándonos para guiarnos cuando uno enceguece, para ayudarnos a escuchar cuando ensordecemos, caminar cuando cojeamos, hablar cuando se nos atora la palabra en el cogote.
Tenía claro mi camino que exigía paciencia y resistencia para caminar hasta la colonia Portales a medida que veía la imposibilidad de transporte. Recordé las historias del 85: una amiga caminando por Tlatelolco en medio de la destrucción; una vecina desconocida que en otro sismo me contó que en aquel año salió de su trabajo en el Centro y llegó caminando hasta Portales por toda la calzada Tlalpan y también pensé en mi padre y sus compañeros atrapados por un momento trabajando en cables subterráneos de la hoy extinta Compañía de Luz y Fuerza (que por cierto, horas después hablé con él, y sorprendido, me dijo que yo había hecho casi el mismo trayecto que él aquella vez: desde Vértiz hasta Etiopía y lloré al oir su voz, aunque ya por whats nos habíamos comunicado en la familia. Lloré en silencio al escucharlo, como llora una niña por fin consolada, lloré su espanto, pues me dijo que con sus 83 años, ni en el 85 había sentido que todo se derrumbaría como en esta ocasión) Así fue que llegué a Cuauthémoc y Xola, ya había dejado ir con pesar a mi amiga que estaba muy desesperada. Mientras caminaba, empecé a hablar con un hombre que venía del metro Centro Médico y nos despedimos con el cariño que se establece y desvanece en unos minutos ante un estado crítico. Vi el edificio de la Plaza de la Transparencia, mucho destrozo y rupturas. Me pareción una espantosa metáfora apocalíptica, la naturaleza divina burlándose de los artífices políticos.
Ambulancias ensordeciéndonos a todos. Un taxi con un pasajero. El chóf le decia a una chica que se seguiría todo Cumbres de Maltrata hasta eje 6. Yo alcanzo a gritar «Yo voy todo eje 6» – «Súbete» me dicen. Somos 3 pasajeros en un taxi convertido en colectivo. Hablamos, nos escuchamos. La mirada enrojecida del joven taxista, haciendo su trabajo con firmeza en medio de la perturbación. Se baja la joven, dejamos al señor en la cocina económica donde lo esperaban sus hijos y esposa. Se me salen las lágrimas, le sonrío a ella, agradeciéndole en el fondo tener a un esposo tan solidario y viendo en ella el espacio donde abreva su fuerza humanitaria, su amor.
El taxista me deja en casa, que abro con miedo. Todo está bien. La música cayó, la música calló: una torre de CDs se había ido al suelo regando por doquier los discos. Me lleno de alegría y llego con ella, mi hija, mi objetivo. Ya había comido con Mary, la mujer que siempre la recoge y da de comer. Mi pequeña enorme me mira con sorpresa, corre hacia mí y empieza a llorar. Mary me ofrece una sopa de lentejas. Hablamos, nos abrazamos, regresamos a casa. Alegres de estar vivas y que nuestros seres queridos también, me pongo a levantar los discos, despejar sofá y una cama. Pienso que la única forma de agradecer la seguridad que por suerte hemos tenido, es compartiéndola. Esa noche duermo poco, ella tranquila; mi novio donde su madre y perritas alteradas.
Luego insiste mi bienestar buscando ayudar y llego de una manera inesperada a Taxqueña, zona de desastre en multifamiliar. Más manos, menos palabras.
En los intervalos de contacto con la sociedad, en insomnio o descanso en casa, me mareo entre tanta información, me duele la cabeza, me duele la impotencia de cada segundo que pasa. Me enorgullece ver a la gente ayudando, de formas poco organizadas y de formas muy organizadas, pero todos con la urgencia de hacer algo, de compartir su seguridad, su entereza. Me duele ver las descalificaciones: «lo hacen por protagonismo, sólo estorban», me reconforta la insistencia de orientar las buenas intenciones dando información confiable, verificada, que sigamos aprendiendo, joder! Estamos de paso.
Hoy he descansado un poco más. Soñé que temblaba y mi hija venía corriendo a mí llorando, mientras sentía la satisfacción de protegerla con mis brazos y una mesa de plástico como coraza o concha de tortuga. Tiene su lado gracioso. Estoy tranquila mientras estoy despierta y en vigilia, pero en la noche he decidido pegarme más a la ventana abierta, pues es tan silenciosa mi habitación, que nunca se oye la alarma sísmica, para levantarme como pedo. Aún si la oigo en alguna grabación, o si la alucino auditivamente en la bomba de agua en el patio siento mis piernas debilitarse y temblar. También eso me dice que estoy viva y viva estoy esperando instrucciones por parte de mi última institución de estudios y docencia para apoyar de medio tiempo con la atención psicológica a damnificados. Mientras tanto, establezco cercanía con los míos, nos vamos al albergue que nos queda caminando y a ratos, empiezo a trabajar el documento que quedó interrumpido con aquel salto en el escritorio. Después de todo, nuestro cliente también sigue trabajando por proteger los derechos de la infancia. Esa gran promesa.