Salvador Jafet Luna Carrera – Tehuacán, Puebla

Quién: Salvador Jafet Luna Carrera

Dónde vive: Tehuacán, Puebla

Qué nos cuenta:
PASABAN LAS 13:00 H DEL 19 DE SEPTIEMBRE. Me encontraba a bordo de una colectiva ruta Madero, que tomé frente a la calle 3 oriente, justo a un costado del mercado 16 de marzo. Me dirigía al museo con un tiempo holgado para llegar a las labores cotidianas. El chofer no parecía llevar prisa alguna y, aunado al tráfico que se genera en ese cuadro de la ciudad por la actividad mercantil, la ruta iba a una velocidad lenta, pero constante. Al final de la calle una mujer y su hijo subieron: éramos apenas tres pasajeros a bordo. Lejos de los juegos mecánicos que se instalaron en el centro de la ciudad, con motivo de los festejos por la independencia de México, no había algo fuera de lo común en el día. El silbato del oficial de tránsito a la altura de milano parecía tan habitual como que cada semana veía un elemento de seguridad distinto. Incluso la imperceptible figura del Superman que está sobre el gimnasio ubicado en la contraesquina de Independencia parecía moverse al modo del viento sin mayor extrañeza. El chofer continuó su recorrido al tiempo en que yo veía en Facebook las noticias que corrían respecto a los simulacros matutinos en la Ciudad de México —recordaba un viejo simulacro con la intervención de los topos y toda la cosa—. Llegamos poco más allá de la mitad de la calle, casi frente a una sucursal, muy famosa, donde venden equipos de cómputo y accesorios varios. El chofer detuvo un segundo la combi —supuse era para levantar pasaje— La unidad se movió un poco hacia adelante y hacia atrás. Pensé que habíamos caído en un bache y el movimiento de regresión se debía a la naturaleza de una zanja. La señora que me acompañaba decía que estaba temblando y sin creer dirigí la mirada hacia los costados. No habían pasado más de dos minutos de mi poco atinada conclusión y los locatarios estaban fuera de los comercios. El chofer hacía muecas de sorpresa. Por las calles corrían algunos, otros más se volcaban al móvil y hacían que hablaban, pero nadie contestaba. Del otro lado de la calle algunos niños lloraban. Tres señoras grandes se postraron en medio de la vialidad y rezaban; y los subgrupos ahí reunidos se mantenían así, unidos, con total zozobra y ganas de que el temblor pasara.