Marilyn Negrete – Pachuca, Hidalgo

Quién: Marilyn Negrete

Dónde: Pachuca, Hidalgo

Qué nos cuenta:

19 de septiembre 2017. La presión estaba al máximo: teníamos sólo unas cuantas horas para afinar todos los detalles de un evento de premiación al que asistirían 200 personas y aún era necesario repasar toda la logística y asignar responsabilidades. Tengo la presión adicional de terminar la nómina de los empleados. Hay mucho bullicio en nuestra oficina en un sexto piso, tenemos visitas del personal del interior de la República que vienen de apoyo para el evento.

Sentados en torno a una mesa, bromeando mientras revisamos detalle de las actividades a realizar, sentimos todos un fuerte movimiento. Alguien pregunta temeroso al compañero a su espalda:

— ¿Moviste mi silla?

—No— responde con cara pálida.

— Está temblando— dijo alguien más.

Mi instinto es levantarme y al ver la cara de miedo de mis compañeros, les digo con voz firme: “Vayan a las zonas de seguridad” Han pasado apenas unos pocos segundos.

El movimiento se siente cada vez más fuerte, a los lejos escuchamos los gritos de miedo de otras personas en el edificio. Comienzan las crisis de dos chicas que empiezan a temblar sin control, sus rostros están llenos de confusión; a mi derecha un amigo empieza a temblar y escucho que reza en voz baja y pide: “por favor, que deje de temblar” lo tomo de la mano sin decir nada… No se me ocurre nada qué decirle, sólo quería que supiera que yo estaba apoyándolo y que no estaba solo.

El movimiento disminuye y cuando parece que va a terminar, sentimos una sacudida mucho más fuerte que la anterior. Observo a mis compañeros y tratando de sonar calmada les digo: “Tranquilos, ya va a terminar”.

El oficial que resguarda nuestras instalaciones grita: ”¡Sálganse!” Una amiga y yo, respondemos al unísono: “Nadie sale. No podemos evacuar durante un temblor”. Ya ha durado demasiado. Hay personas desesperadas, sé que quieren salir, intentamos pedirles que conserven la calma, pero no es fácil. En la crisis cualquiera se puede desmoronar.

Al fin termina. Esperamos unos cuantos minutos y comenzamos a evacuar: Salimos por unas abarrotadas escaleras, olvidamos por unos momentos que estamos en un edificio con Hospital. Tomamos unas escaleras del otro extremo y se liberan las principales para los pacientes. Llegamos al punto de control y comenzamos a pasar lista de todos; en la confusión y cambio de escaleras, perdimos de vista a un compañero. Quienes traen celular, comienzan a tratar de llamar o mandar mensaje a sus seres queridos. Observo la entrada para buscar a nuestro compañero, quien aparece con un paciente en brazos llevándolo a una silla de ruedas.

Ya estamos todos. Las comunicaciones son malas, pero logro contactar a mi familia cercana y todos están bien; mi segunda prioridad son mis amigos en la ciudad de México. Uno de ellos, uno de los más queridos y cercanos me envía una corta nota de voz diciéndome que él está bien, pero que no localiza a su mamá. Se me parte el corazón al escucharlo con la voz quebrada y tan preocupado. Hasta ese momento, es cuando empiezo a buscar información oficial de lo ocurrido y empiezo a ver vídeos e imágenes de lo devastado que está el país. La impresión es tan fuerte, que decido dejar de verlo.

Protección Civil nos da luz verde para volver al edificio; sabemos que tenemos que apoyar y que debemos hacer algo por los afectados, pero el evento requiere toda nuestra atención. Toda la tarde estamos con un sentimiento raro, pero apoyándonos unos a otros. Por la noche, nos comunican que prudentemente han decidido cancelar el evento: No podemos festejar nada, si hay personas afectadas de nuestros propios empleados.

Cansados, estresados, preocupados, así termina nuestro día. Mi amigo encontró a su mamá y estaba bien, todas mis amistades ya se han reportado y sabemos que están bien. Al llegar a casa, comienzo a ver toda la información de lo que ocurrió, mientras acaricio a mi perro; ya no puedo contener el sentimiento y comienzo a llorar por la desgracia de mis hermanos mexicanos. Sé que no tengo mucho, pero prometo ayudarlos con lo que pueda. Veo a mi perro y le digo: “Somos afortunados de tener comida y donde dormir, de no haber sufrido más que un susto”. Él me ve con su carita ladeada desde su cono de la vergüenza y me da lengüetazos, en lo que yo interpreto como su intento por consolarme y decirme: “Saldremos de esta”.

¿Dónde estaba?