Laurel Paz – Metro Pantitlán

Quién: Laurel Paz

Dónde vive: Zona Oriente de la Ciudad

 Qué nos cuenta:
Ese día fue largo para mí. Salí de casa muy temprano, sin comer, sin haber tomado mis medicamentos, sin despedirme de mis seres queridos. Todo había quedado en un simple «nos vemos al rato», en un «cuando regrese haré esto o aquello». Mi viaje había sido largo: de mi casa a la Clínica Psiquiátrica de Ixtapaluca; de Ixtapaluca al Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino, al Sur de la Ciudad. Del Fray Bernardino a CU, y de CU a mi casa.
Iba bajando las escaleras del metro Pantitlán cuando vi que la gente que estaba en los andenes comenzó a correr despavorida. Lo primero que se me vino a la mente es que alguien se había aventado a las vías; sin embargo, cuando vi que muchos estaban subiendo las escaleras de regreso, y subí la mirada a las lámparas tambaleantes, me di cuenta: ¡Estaba temblando!. Me dije a mí misma: «¡No puede ser!, ¡Hoy no!». Se apagaron las luces, la gente corría, y yo comencé a gritar que, por favor, no corrieran. Subí las escaleras, como pude, buscando la salida más próxima. Vi a algunos chicos que se pegaron a una pared, me agarré de una reja que estaba arriba del muro. En todas las personas, se veía el pánico en la cara. Pensé que ya no la libraba. Se me vinieron a la cabeza mi hermana, mi madre y mi hijo… estos dos últimos más que nadie. Mi hijo va a la escuela en la tarde, y para llegar a ésta se tiene que cruzar un puente peatonal. Pensé lo peor.
Sin comida, sin mis medicinas, cansada, enojada por no haber conseguido el medicamento, angustiada por mi familia. Se me agolparon las emociones ¡No pude más! ¡Me desvanecí! No sé por cuanto tiempo estuve ahí tirada, no sé quiénes se acercaron a ayudarme, ni qué me dieron para despertar. Cuando volví en mí, vi a gente rodeándome, diciéndome que no me durmiera. No sabía qué había pasado. El temblor ya se había acabado. Una chica me dio una botella de gel antibacterial que, presumiblemente, usaron para hacerme regresar. Agradecí a los policías que me ayudaron (y reitero mi agradecimiento a todas esas personas que me ayudaron por medio de este escrito).
Ya un poco más compuesta, busqué cómo comunicarme con mi familia. Mi hermana me llamó primero. Me contó que mi mamá e hijo aún no regresaban, que se habían ido a la escuela, que no lograban comunicarse con ellos, ni con mi padre. Buscaba la forma de regresar a casa y saber de mi familia. Activé mis datos, y mi teléfono no dejó de sonar por mensajes de Whatsapp de mi familia en Tabasco. Las noticias habían volado. Tuve que regresarme en combi, y mientras iba de regreso, miraba las fotografías que se iban filtrando en las redes sociales. Reconocía los lugares, por los que había pasado cuando iba rumbo al hospital Fray Bernardino, destrozados: el Estadio Azteca, los edificios de calzada de Tlalpan donde horas antes se había realizado el simulacro, hoteles, restaurantes… No cabía en incredulidad. Todavía no puedo creer que esto haya pasado, que me haya tocado ver algo similar a lo del 85 cuando horas antes, escuchaba una entrevista donde uno de los topos narraba lo que había visto en aquella ocasión.
Cuando llegué a mis rumbos, la escena era menos cruenta: unos de mis vecinos estaban fuera de su casa porque se habían cuarteado las paredes y el suelo se había alzado. Llegué a mi casa, vi a mi hermana, a mis abuelos, les avisé mi llegada y fui directamente a dejar mi mochila. Aún no teníamos contacto ni con mi madre, hijo y padre. Pensé entonces que ese «nos vemos al rato» no era una frase sin sentido, ahora más que nunca la sentí como una promesa. Revisé mi hogar. Mi casa estaba bien, mis libros regados y algunas cosas tiradas. Cuando ya íbamos de salida, mi madre iba llegando. Esa mujer fuerte que me ha criado, por primera vez, la vi doblarse. Yo abracé a mi niño (un niño con Asperger), agradecí a la vida que estuvieran bien los dos. Tal como lo sospeché, el temblor les agarró cuando iban cruzando el puente. Justo en medio. Mi corazón se hizo añicos al escuchar eso. Esperamos saber de mi papá, quien minutos después llegó. Nos abrazamos todos. Agradecimos a la vida que nos hayamos vuelto a juntar. Se cumplió ese «nos vemos al rato», esa promesa que daba vueltas a mi cabeza. Sí nos vimos.