Julio Cepeda – Progreso Tizapán, San Ángel

Quién: Julio Cepeda

Dónde vive: Progreso Tizapán, San Ángel.

Qué nos cuenta:
El miedo gobierna al corazón cuando el piso brinca y danza al antojo natural. Quizá era el rugir de la tierra, las paredes, el choque de losas, o varias docenas de tigres entraron a mi habitación para gritarme el sonido preciso de evacuación. «¡Está temblando! ¡Salte mamá!», grité. Chocando con las paredes y tambaleando en los suelos, observé mi casa como si fuese de papel, como si de una punta lo hicieras de arriba abajo, de un lado a otro. A mitad de escalera sonó la alerta sísmica, pero los gritos y lágrimas de las familias y vecinos ya anunciaban la tragedia. Entre el patio y la avenida, mi tío, brincando en contra de su libertad, intentaba tranquilizar el ambiente. La calle estaba llena de gentes, de oídos en el celular intentando localizar a los suyos, el piso aún no terminaba de acomodarse. «¡Mis nietos!», gritaba el corazón de mi mamá, su cuerpo se movía sin control, sus lágrimas me dieron fuerza y corrí por ellos a dos cuadras. Justo esas calles donde crecí, donde me tropecé y caí millones de veces, jugaban a tirarme. Sentí que los departamentos, en los que habitan estudiantes, se venían abajo. Carros paralizados, gente fuera, llorando, gritando, ¿Calma? Aquí hacía falta, mucha falta. Entré a la primaria, busqué a mis sobrinos, muchos niños no sabían que pasaba, otros lloraban y no tenían control, otros tantos jugaban con un balón improvisado. Abracé a Manuel, tranquilo, sereno. Fuimos donde Sofía, al verme rompió en llanto, la abracé y lloramos juntos, pero tuve que tragarme las lágrimas. Fuerza, calma, serenidad, hace falta; pensé. Con ellos en mis brazos, el piso aún se movía, le suplique al Cosmos que se detuviera; no me hizo caso.
Logré comunicarme con mi hermano. Una nota de voz, en whatsapp es testigo: «Tengo a tus hijos, están bien, ¿ustedes como están?», me respondió: «Estoy en Perisur, hasta el tercer piso, siento que de aquí no salimos, te encargo a mis hijos.» Otro puto trago de lágrimas en mi corazón. Entre solo a revisar la casa, nada de grietas, muchas cosas en el piso, muebles recorridos unos cinco centímetros. La televisión anunciaba lo que pasaba, vídeos, imágenes que no he de olvidar nunca, casas, edificios, escuelas, vidas que se vinieron abajo, pero la esperanza nunca. Esa no ha de morir, todavía no.
La eternidad pasó este 19. El corazón de México retumbó en una palabra llena de esperanza, en un sentimiento colectivo, en acciones plurales y algo que sólo podrías entender al ver a la humanidad en resistencia. Hemos salido a ayudar en lo posible, para eso, por hoy, no hay palabras. Lágrimas sobran y es momento de vaciar el llanto. Vale: salud y que en el epicentro se unan los corazones y la fuerza de la humanidad. Mucha luz y resistencia para México.