Roberto Cruz Arzabal – Santa Fe

Quién: Roberto Cruz Arzabal

Dónde vive: San Jerónimo Lídice

¿Qué nos cuenta?

Sé que el tamaño de la destrucción del terremoto de 1985 se ha visto pocas veces en la Ciudad. He visto documentales, fotografías, he leído crónicas, ensayos, explicaciones y he hablado muchas veces con mis papás de lo que ellos recuerdan. El terremoto es a tal grado una experiencia de mi generación en la Ciudad de México que durante años crecí creyendo que recordaba un momento del terremoto que, según me enteré hace unos meses, era en realidad una memoria falsa.
Sin embargo, cada 19 de septiembre tenía sentimientos encontrados. A veces era la tristeza de recordarlo, a veces, la incomodidad de saber que el siguiente 19 de septiembre habría otra vez un simulacro conmemorativo. ¿Para qué hacer un simulacro que no es tal, que sirve para honrar la memoria pero no para prevenir pues rara vez se repite en otra fecha del año? El año pasado, de hecho, me negué a participar en el simulacro escolar por seguir dando clase. Un par de amigos me hicieron ver qué soberbio y vano gesto había sido el mío, cómo no sólo ponía un mal ejemplo, sino que participaba de una cultura arrogante a la que somos proclives quienes estudiamos humanidades.
Este año, estaba en la Ibero, donde doy clases, mientras se realizó el simulacro anual. Cuando sonó la señal, salí de la biblioteca y, junto con todos, me dirigí al jardín central. Estaba en medio de jóvenes que habían nacido muchos años después del terremoto, que no tenían la necesidad de una memoria falsa pues tenían documentales, conmemoraciones oficiales, etc. Y sin embargo, veía en la mayoría una combinación peculiar de aburrimiento e inercia. Casi nadie creía que eso era en algún punto útil. Creemos tanto que la realidad es una simulación mediada (esto es idea de Ludmer) que en medio de un simulacro, no creemos que signifique nada.
Luego del simulacro, me fui a dar clase. Extrañamente, sólo éramos tres en el salón. Luego de unos minutos, llegó otra alumna. Faltaba la mitad del grupo, quizá porque coincidió con un encuentro de poesía que organizó el departamento, quizá porque ese día debían entregar un ensayo para evaluación y estaban terminandolo. A punto de empezar la sesión, luego de esperar más de diez minutos minutos, comenzamos a sentir el movimiento. Al principio pensé que era un camión pasando. A los pocos segundos, nos dimos cuenta de que era un terremoto. Sonó la alarma sísmica y salimos del salón. Afortunadamente, el simulacro tenía unos minutos de haber concluído y sabíamos a dónde dirigirnos.
Miles de personas, estudiantes, trabajadorxs y docentes, desperdigados por jardines y estacionamientos de la Ibero, esperamos más 40 minutos a que revisaran las instalaciones. En medio de la espera, muchos fueron pasando de la banalidad a la sorpresa. Llegaban noticas de edificios colapsados, los chats y llamadas se saturaban con preguntas, fotos y videos.
Comencé a comunicarme para saber cómo estaban mi familia y amigxs. Marisol, que ese día me acompañó a la Ibero, estaba del otro lado del edificio pues de la biblioteca la habían dirigido a donde yo había estado una hora antes. Mi hermano y mi papá me respondieron rápido, lo mismo mis amigos con quienes comparto un chat grupal. Mi madre, mientras tanto, no respondía. Nadie había podido comunicarse con ella. A mí mismo me decía que no había de que preocuparse pues a esa hora ella suele salir a comprar el mandado y no siempre carga el celular, pero también me preocupaba pues sabía que ella era muy temerosa de los terremotos (apenas el domingo recordábamos entre risas cuando un temblor la agarró en el balcón de su casa y lo primero que pensó fue arrojarse al jardín, sin que lo hiciera, claro).
Mientras pasaban los minutos, veía la cara de mis estudiantes. Entre la incredulidad, la sorpresa y el fastidio de estar bajo el sol esperando noticias de la familia o decisiones. Mi madre seguía sin responder y yo intentaba saber de cada vez más gente. Casi a las 2, las autoridades nos pidieron desalojar el edificio. Subimos por nuestras cosas al salón y caminé a la explanada a buscar a Marisol.
Al salir, el tráfico era lentísimo. Todo mundo quería salir de Santa Fe. Mientras avanzábamos, Marisol tuvo la idea de poner un letrero en la ventana: «Viaje a San Jaerónimo. Tres personas». No pasó mucho tiempo cuando tres personas que trabajaban en la zona nos pidieron ride para salir. Dos de ellas trabajaban en una empresa tequilera, él trabajaba en una empresa hotelera. Ellas nos contaron cómo la oficina de recursos humanos se había negado a participar en el simulacro general. Recordé, claro, lo que yo había hecho el año pasado. Mientras tanto, mi madre daba señales. Marisol pudo comunicarse con ella, supimos de ella, mi familia en Texcoco y en Oaxaca. Todos bien.
Pasadas las 4 llegamos a casa, afortunadamente intacta. Majka, nuestra perra, estaba como si nada, tranquila y esperándonos. En la casa nada, salvo una pila de libros, de por sí endeble, se había caído. No teníamos luz y preferimos cerrar el gas.
Más tarde, luego de ver los videos y las fotos del desastre, de leer noticias y posts de FB de gente desesperada por no saber qué hacer, con la sensación de estar en un cuerpo que no era el nuestro, adormecido y lento, decidimos que podíamos hacer algo para ayudar. Nos enteramos de que la UNAM abriría un centro de acopio en el estadio olímpico. Al principio, yo estaba renuente de hacer algo más que dejar víveres. Me decía que yo no podría ayudar mucho más que eso. Mi conocimiento de materiales y arquitectura es nulo, puedo atornillar cosas y conectar mangueras, pero no mucho más. Mi torpeza manual es proverbial y no quería estorbar más que ayudar.
Pasamos al súper a comprar herramientas y medicinas. Aunque había poca gente (eran casi las 8:30), casi todos los que compraban llevaban cosas para los centros de acopio. Carros llenos de lámparas, medicinas, alimentos enlatados y agua. Me gustó ver esa solidaridad expedita. Esa urgencia de quien vivió el terremoto de hace 32 años y sabía que no había tiempo que perder. Al llegar a CU nos dimos cuenta del tamaño de las ganas. Centenares de personas reunidas para participar en las brigadas de apoyo o en la acumulación de víveres, decenas de carros que llegaban continuamente para dejar cosas y apoyar. Sin darme plenamente cuenta, empecé a participar en la cadena de traslado. Acompañado de muchas personas de todas las edades, cuerpos, géneros, ideas, nos pasábamos de manos en manos las cajas, botellas y herramientas. En un momento de acomodo, terminé con una lámpara y un chaleco industrial ayudando a coordinar la separación de herramientas. Resultó que sí sabía hacer cosas, que podía participar acomodando, cargando garrafones, moviendo cajas. Éramos cientos, iguales entre iguales, entusiasmados por poder ayudar y conmovidos por estar allí, entre goyas y gritos de esfuerzo.
Luego de horas de trabajo, busqué a Marisol, a quien había perdido de vista desde que llegamos. Afuera del estadio, me esperaba con Majka, en pose de perra brigadista, acompañándola. Volvimos a casa para seguir enterándonos del tamaño del desastre, los edificios colapsados, las casas derruidas. Pude hablar con mi mamá, apenas veía también las noticias. Me dijo que al saber de los niños atrapados en la escuela Rebsamen lloró. Yo también había llorado en el baño al leer de los niños fallecidos y los que seguían atrapados. Creo que ambos pensamos en Damián, mi sobrino de dos años, la adoración de la casa familiar, en su vulnerabilidad de niño, en la vulnerabilidad de todxs lxs niñxs.
Una tragedia como esta deja señales siempre equívocas. La plenitud de la solidaridad, y la tristeza por quienes han perdido todo. Las ganas de ayudar y la saturación de información en redes. El nerviosismo y la ansiedad. El cansancio y la voluntad.
Escribimos esto para dar cuenta de las horas y los sentimientos. Porque la memoria vive si se activa al contarla a otros. Porque la ciudad son sus habitantes y sus edificios, pero también sus historias. Quizá no hallemos en ellas más que el consuelo de la rememoración, pero creo que no es poca cosa en estas horas, ni en las que vendrán.

¿Dónde estaba?