Gibrán Valle Alarcón – Calle 11

Quién: Gibrán Valle Alarcón

Dónde vive: Iztapalapa

Qué nos cuenta:

En el aire

A las 11:59 am detuve mi clase de TLR para que mis alumnos pudieran prepararse para el simulacro. Según los protocolos de seguridad, y por las características del edificio, nosotros debíamos plegarnos contra el muro, o sea que no debíamos bajar hasta que sonara la segunda alerta (eso con el fin de que no se congestionaran las escaleras). Como casi siempre pasa con los adolescentes, muchos jóvenes no se tomaron en serio el simulacro, unos iban empujándose en las escaleras, otros se iban abrazando o simplemente se les notaba la apatía en su lenguaje corporal. Tomé el tiempo: tardamos cinco minutos en desalojar los edificios. «Si esto hubiera sido un terremoto, quizás hubiéramos valido madre», pensé. Luego subimos. Reprendí a los chicos que bajaron jugando y continuamos con la lectura de un cuento que se mofa de quienes piensan que las tempestades vienen de la sodomía y de los pecados en general.

Salí del plantel a las 12:30, pasé a la farmacia, luego al banco y después compré sushi para desayunar. Entré a la estación Calle 11 de la línea 12. El tren no tardó mucho en pasar. Unos minutos después, poco antes de llegar a la estación Culhuacán, se sintió un movimiento muy brusco. El tren se detuvo de golpe y la alerta sísmica comenzó a sonar. Lo primero que pensé fue: «Hoy es 19 de septiembre, aniversario del terremoto del 85, esto no puede estar pasando, debe ser una puta broma». Y no lo era, estaba dentro de aquel vagón repleto de personas cuyos rostros modelaban terror. Mientras el puente sobre el que pasa el metro rebotaba con vehemencia, pedía a alguna fuerza superior que aquella estructura no se derrumbara, fue la segunda vez en mi vida que de verdad tuve miedo a morir. Lo siguiente que llegó a mi mente fue el simulacro de la mañana: ¿y si mis alumnos no alcanzaron a salir? Aunque ningún edificio se colapsó en las inmediaciones, yo estaba seguro de que había pasado algo muy malo. Acabábamos de sufrir un terremoto doce días antes y definitivamente no se sintió tan violento como el de ese día. Se fue la luz y por lo tanto el tren no pudo llegar a la estación que ya estaba a pocos metros. Estuvimos encerrados allí una hora escuchando al conductor que nos pedía conservar la calma. Nos prometió que evacuaríamos pronto a pie por las vías, pero tardó demasiado en activarse el protocolo. Mientras estaba encerrado, trataba de comunicarme con mi padre, pero no pude, las señales se cayeron, sólo pude avisarle a mi mamá —que vive en Estados Unidos— que estaba atrapado en el metro y que no le podía confirmar si mi padre y mi hermano estaban bien. Supe que la situación era realmente grave cuando alcancé a ver un mensaje que le enviaron a un chico que estaba atrás de mí: “El tec valió pito”, decía el whats. Con tanta gente dentro, el aire comenzó a sentirse espeso, ya por el calor, ya por la angustia de que nadie podía comunicarse con sus seres queridos. Logré hacer un par de publicaciones en Facebook, por ese medio me enteré de que había habido derrumbes. Un video corto mostraba cómo salía humo de todas partes. Fue definitivamente la hora más exasperante de mi vida. De pronto una voz femenina nos pidió que nos pegáramos al lado izquierdo para evitar que el tren se volcara; así, lentamente, comenzamos a salir por la cabina del conductor. Todos caminamos por las vías hasta el andén de Culhuacán. Mientras observaba las vías pensé que realmente nos falta mucha educación, estamos en pañales en materia de prevención. Creo que la gente del STCM no debió dejarnos encerrados tanto tiempo; pudo haber una réplica que tirara el puente, ¿cuántas vidas más se hubieran perdido? Lo gracioso de esa experiencia fue que dos jóvenes, un chico y una chica, estaban preocupadísimos porque no iban a llegar a tiempo a la universidad para hacer un examen. Así son los universitarios mexicanos: no importa que sus vidas estén en riesgo, lo importante es presentar los exámenes.

¿Dónde estaba?